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Lidl: el enigma de la marca amarilla
"Ama de casa, ama de casa, porque lo que haces es digno de elogiar", Paco Porras. "El Lidl es más grande que la vida y que la muerte", Yo mismo. Verano de 1982. Ramón Lijo Ageitos, de 28 años de edad, asesina a su exnovia y al amante de ésta en el barrio de La Paz, San Sebastián. Los rocía primero con gasolina y luego les prende fuego con una cerilla. ¿La razón? Ella afirmaba haber quemado el DNI y varios documentos más de éste, impidiéndole viajar a Francia para trabajar como vendimiador. Eso sumado al trauma de tener que pasar por comisaría y enfrentarse a un grupúsculo de policías con los que Ramón no congeniaba fue la chispa que encendió la mecha. Vaya si la encendió. Ramón Lijo Ageitos fue condenado a 53 años, 8 meses y un día de prisión. Tras un periplo por varias cárceles españolas, salió en libertad en el año 1997. Ramón saltó a la fama catódico-warholiana a principios de 1996 cuando el periodista crepuscular, Jesús Quintero, le eligió para protagonizar una de las entrevistas de su programa Cuerda de Presos. Ramón salió en la tele explicando su historia, defendiendo su honor y detallando pornográficamente los entresijos de su psique, su delito y sus odios ya cicatrizados. Verano de 2004. Ramón Lijo Ageitos, con 51 años ya, es visto en la cola del supermercado Lidl del centro de San Sebastián. Ha pagado su deuda con la sociedad y vuelve a ser libre. En su mano, una lata de cerveza de la marca Burgen Pils de 50 centilitros. ¿Precio de ésta? 0,32 euros. Han pasado 22 años desde los crueles asesinatos pirómanos y Ramón se encuentra totalmente insertado en la dinámica de nuestro mundo actual. Prueba de ello es su visita a la excelsa cadena mundial de supermercados de bajo precio (un modelo económico más que impensable en los convulsos años en los que ingresó en prisión) y el no menos importante detalle de haber elegido la cerveza más barata del actual zoco de bebidas de cebada. Hablar del Lidl supone hablar del aquí y del ahora; es sacar una fotografía a nuestra sociedad actual, al mundo en el que vivimos. Si el nacimiento del nazismo (invento alemán, no lo olvidemos) fue consecuencia de un cúmulo de procesos históricos, el del Lidl (y, por ende, el de los supermercados de bajo coste) no es sino otra consecuencia, otro resultado de la complicada aritmética económica actual. Alimentarse es necesario pero cada vez más caro. Alimentarse es, también, un instinto que debe ser saciado A CUALQUIER PRECIO y esa es la parte de la historia en la que la archiconocida cadena de supermercados de capital germano decide hacer acto de presencia. Al igual que el desastre del Hindenburg (hagan el favor de obviar cualquier intento de equiparación maliciosa, por favor), los orígenes del Lidl se remontan a la década de los años treinta. Alguien con un inquebrantable olfato comercial para las cosas del márketing y las finanzas decidía fundar Lidl & Schwarz Lebensmittel-Sortimentsgroßhandlung, empresa matriz de la que luego surgiría la división de descuentos por todos conocida. Pero no fue hasta los años 70 cuando el Lidl, nuestro Lidl –conocido popularmente como "el alemán" por las amas de casa- abría su primer supermercado del actual modelo: nave industrial de estética bauhausiana-racional de una planta, situado en medio de ninguna parte con un parking diminuto y vocación remota de protagonizar, en un futuro no muy lejano, una secuencia erótico-onírica de película de David Lynch. En los años ochenta comenzó la lucha por el espacio vital y los supermercados Lidl se extendieron cual casposos blitzkrieg por todo el territorio alemán, amén de realizar alguna que otra incursión en la vecina Francia y ya, en los años noventa, en nuestro país. El tío Lidl estaba aquí para quedarse, para seducir a los consumidores jubilados de exigua pensión, a los estudiantes de Erasmus, a los turistas mochileros y, por supuesto, a esa institución tan española, tan ibérica que es el ama de casa, abducida totalmente por los escandalosos precios del pulpo al ajillo ("grandes trozos", reza la publicidad. 0,49 euros al cambio actual), los Surimi Sticks (sucedáneo del sucedáneo del sucedáneo del chatka, a 1,25 euros) o, todo un clásico del gigante alemán: el Cava Brut crianza 9 meses a 1,79 euros. El ama de casa de las provincias vascongadas es una luchadora nata, una mujer celosa del cuidado de los suyos por lo que introducir el mayor número de productos en el carro por el mínimo precio es una de sus prioridades vitales. Por supuesto, el mercado de abastos teutón le da eso y mucho más. Hoy en día, el Lidl (que toda gran ciudad debería tener para gozar del estatus de capital de provincia) ha pasado a ser OTRO ELEMENTO VERTEBRADOR DE LA WHITE TRASH CELTÍBERA, labor que durante años ha estado desempeñando en solitario la sección de saldos de El Corte Inglés con sus cubetas rebosantes de bragas color carne, calzoncillos Punto Blanco y calcetines con el dibujo de la raqueta, auténtico tótem icónico de la juventud española de los años ochenta. Cierto es que los comercios de Todo a 100 –sintéticos, sinópticos, químicos, zafios y adorablemente mostrencos- representan la cara no-alimenticia de la oscura esfera Lidleliana, un mundo en el que el artificio gastronómico está a la orden del día. El Lidl es al mundo de la mercadería alimenticia lo mismo que las esculturas de Jeff Koons al universo artístico: entretenimiento en estado puro que, además, goza de un valor añadido. Es decir, la comida del Lidl divierte y, a la vez, alimenta. Las travesuras de Koons divierten y, a la vez, entran en el juego de lo que es, no es, debería o no debería ser arte. No nos engañemos: estos intentos vacuos de intelectualizar la atmósfera del Lidl no llevan a ninguna parte. El supermercado alemán es simple como una rueda pero a la vez, gótico como el proceso de elaboración de un hojaldre. Si no, no se puede explicar la existencia del minibizcocho de mazapán, por dios (2,19 euros en oferta de temporada) junto a otras delicias dulces como las Confituras de Maribel, “elaboradas con un 50% de fruta y un 63% de azúcar” o la voluptuosa y bladerunneriana BEBIDA PROBIÓTICA LACTEA. Nadie ha dicho que ilustrar la complejidad del Lidl sea fácil. Lidl es uno de las infraestructuras de nuestra sociedad moderna (como los puticlús, las discotecas o las iglesias) fácilmente descriptibles en función de la gente que lo visita. En el Lidl he oteado jubilados pornógrafos –portando un DVD de "Puticlínica de recoÑocimiento" en una mariconera de cuero- comprando patatas fritas y gofres (“deliciosos acompañados de mermelada, chocolate...”). Lolitas de 15 años que caminan sobre la delgada frontera de la estética (y ética) puteril pagando por vodka peleonísimo y spray de Nata montada Creme Supreme ("¡Lista para usar en cualquier momento!") y desheredados de Europa del Este tratando de encontrar en las Huevas de lumpo –"originario de Islandia"-, la utopía socialista que Stalin no les pudo procurar. Imposible aunar más complejidad humana en un espacio embaldosado como el que nos ocupa. Por supuestísimo, el bestiario lidleliano quedaría harto incompleto si no dedicáramos una línea a lo que es el ejército de personas-cajeros más cochambrosos al norte del Ecuador. Pero, ¿acaso el pelo grasiento y los batines con manchurrones gozan de epígrafes propios en el manual de estilo de la cadena de supermercados teutona? Si a ello sumamos la presencia de fanáticos del tunning ataviados con los enseres de vigilante privado (y ejerciendo como tales, es decir, porra en el fajín, camisa destallada y mirada huraña) obtenemos un equipo humano capaz de salvar al mundo de un Apocalipsis. El supermercado teutón saluda al nuevo siglo y lo hace con sus caóticos expositores repletos de esperanza, con las cesteras de metal rebosantes de alfombras inflamables, cámaras de fotos marca Tronic –"con reboninador automático"-, rodilleras para el jardín –"¡protección básica!"- y el zurrón cargado de leyendas urbanas como la de aquella señora que encontró una rata en el interior de un helado Gelatelli (sabor chocolate y vainilla con ron) o la marca de ginebra con un nombre tan inquietante y seductor como Migrañen, el mismo que hace compañía al Romanetti, Caciquil y Brillantines. Un mundo, un universo, un paraíso en el que la decadente sociedad de occidente encontrará refugio el día de mañana y posteriores. Si el credo de la iglesia de la Cienciología se condensa en el grueso e inútil volumen de Dianética, al del Lidl –escueto, directo y eficaz- le bastan las amarillentas del catálogo de los jueves para transmitir su legado en pro de un futuro más chabacano y graso, flotante en litros y litros de vino torrefacto y pan de especias con oblea. Gonzo Rocks - 2.01.2006
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